domingo, 13 de mayo de 2012

En el cine


Para aquellos que nacemos estrellados (que no con estrella), el hecho de poder llegar a trabajar en algo que nos llene, que nos apasione, algo que no nos provoque el típico "Uhg... otra vez a trabajar" cada vez que abrimos los ojos por la mañana, es un logro titánico. No cabe decir que, en ese sentido, mi ocupación ideal sería el poder perderme por las reservas y parques naturales del planeta, en busca y captura de la perfecta instantánea de vida en estado salvaje y que, además, me pagaran por ello. Como tal cosa es una imposibilidad en todos sus sentidos, me tengo que conformar con cosas más mundanas.

Como el cine.


Durante el tiempo que duró (porque, por desgracia, todo lo bueno se acaba), y a pesar de los horarios intempestivos y esos momentos de estrés en los que le prenderías fuego al proyector, el estar en la cabina de un cine fue ese tipo de trabajo. Por eso, con la foto de hoy, quiero rendirle homenaje.

No sé si habrás estado alguna vez en el Casino Prado de Sitges (¿tal vez en alguna edición del Festival?), pero te puedo asegurar que, después de haber trabajado en un cine nuevo, poner un pie en esa cabina fue como retroceder treinta años en el tiempo. Después de un tiempo, y a pesar de la soledad de aquel cine y los largos viajes entre Sitges y Barcelona a las tantas de la madrugada, acabé cogiéndole cariño al sitio.

Esta fotografía es la última que hice allí. De echo, es el último recuerdo que tengo de una cabina de proyección a la antigua usanza, algo que por desgracia se está perdiendo, y de las cuales ya quedan bien pocas. El cine digital, el 3D y las multisalas se han impuesto. Es comprensible. Es el futuro. Es más espectacular, de mejor calidad, más rápido, más fiable... Y más frío.

Puede que ésta sea simplemente la humilde opinión de aquella niña que esperaba impaciente a que abrieran las puertas del Iluro el día que se estrenaba el Rey León... Pero el día que muera el cine analógico, habrá muerto también la magia.

Cosas varias:
Fotografía tomada con el móvil antiguo (mi fabuloso Samsung Jet), con la poca luz del zulo que era aquella cabina, y pasada a blanco y negro porque como que le va más a la imágen. Evidentemente, hecha sin flash.
Por si no sabes qué es exactamente: Son dos bobinas de película, una pasando y la otra recogiendo, porque en aquella cabina no había sitio para platos de recogida horizontales.
Y ya para acabar te diré que, para mi, el cine siempre irá asociado a tres cosas: La moqueta roja del cine Iluro de Mataró, el olor a palomitas, y el ruido de un proyector de 35mm en marcha (porque una vez que se te ha metido en la cabeza, se queda ahí de por vida).

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